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 Cuando los gigantes chocan – El conflicto entre organizaciones

Dr. Ricardo Petrissans Aguilar

15 Mar, 2026


SERIE REDESCUBRIENDO LAS BASES DEL CONFLICTO. DESDE CASA A LA GUERRA

Dos empresas. Décadas de historia, miles de empleados, millones de clientes. Durante años han compartido mercado, se han respetado, han coexistido en esa paz tensa que llaman competencia. Y entonces algo ocurre: una patente, un contrato, una acusación de espionaje industrial. Algo que rompe el equilibrio.

Lo que sigue no es una pelea. Es una guerra.

Los conflictos entre organizaciones tienen una cualidad distinta a los que hemos visto antes. No son dos personas discutiendo por una herencia. No son un individuo frente a una máquina burocrática. Son dos ejércitos enfrentados, con sus propias estructuras, sus propias estrategias, sus propios intereses. Y cuando chocan, el temblor se siente muy lejos del campo de batalla.

I. La naturaleza del conflicto: cuando el adversario también es un sistema

Lo primero que hay que entender sobre el conflicto entre organizaciones es que, a diferencia del conflicto interpersonal, aquí no hay rostros. Hay departamentos, hay comités, hay portavoces. Hay personas, por supuesto —siempre hay personas— pero actúan como representantes de algo más grande que ellas mismas.

Esto cambia todo.

En un conflicto interpersonal, puedes mirar al otro a los ojos, puedes leer sus emociones, puedes apelar a su humanidad. En un conflicto entre organizaciones, el otro lado es una abstracción. No siente, no se cansa, no tiene compasión. Tiene instrucciones, tiene objetivos, tiene líneas rojas. Y aunque la persona que tienes enfrente pueda ser razonable, su margen de maniobra es limitado: hace lo que le han dicho que haga.

La organización, además, tiene memoria institucional. Recuerda los conflictos pasados, las alianzas rotas, las traiciones. No olvida. Y esa memoria condiciona sus movimientos presentes, aunque las personas que tomaron aquellas decisiones ya no estén.

II. Las fuentes del conflicto

¿Por qué chocan las organizaciones? Las razones son muchas, pero podemos agruparlas en unas pocas categorías.

Recursos de mercado. El más obvio: clientes, cuota de mercado, acceso a materias primas, posiciones dominantes. Dos organizaciones que compiten por lo mismo están en conflicto por definición. No hay manera de evitarlo. La única pregunta es si ese conflicto se mantiene dentro de los límites de la competencia leal o si se desborda hacia terrenos más peligrosos.

Propiedad intelectual. Patentes, marcas, derechos de autor, secretos comerciales. En la economía del conocimiento, estos activos valen más que las fábricas. Y su defensa puede ser implacable. Una patente puede dar a su titular un monopolio legal durante años; el que la cuestiona no está pidiendo un favor, está intentando arrebatarle ese monopolio.

Contratos y alianzas rotas. Dos organizaciones firman un acuerdo. Pasa el tiempo, las condiciones cambian, una de ellas considera que la otra no está cumpliendo. O la cumple, pero de una manera que perjudica a la primera. O la primera quiere renegociar y la segunda se niega. Lo que empezó como cooperación termina como litigio.

Regulación y posición ante el Estado. Una organización quiere que se apruebe una norma; otra se opone. Una denuncia a la otra ante las autoridades de competencia. Una acusa a la otra de recibir ayudas públicas ilegales. El Estado se convierte en campo de batalla, y los despachos de abogados en cuarteles generales.

Prestigio y posición en el sector. No todo es dinero. Las organizaciones también compiten por ser las primeras, las más innovadoras, las más respetadas. Y cuando alguien amenaza esa posición, la respuesta puede ser feroz. El orgullo corporativo existe, aunque no aparezca en los balances.

III. Las armas del conflicto

Las organizaciones no se pelean a puñetazos. Tienen sus propias armas, y son más sofisticadas.

Los tribunales. La vía judicial es la más visible. Demandas, querellas, medidas cautelares, recursos. Puede durar años, costar fortunas, y terminar de maneras impredecibles. Pero tiene una ventaja: lo que se gana en los tribunales es definitivo, o al menos tan definitivo como puede ser algo en este mundo.

Los reguladores. Acudir a las autoridades de competencia, a los organismos reguladores, a los supervisores. Denunciar prácticas anticompetitivas, pedir inspecciones, solicitar sanciones. Es una vía más lenta que los tribunales, pero puede ser más eficaz: una multa millonaria o una orden de cesación puede cambiar el tablero de la noche a la mañana.

La guerra de comunicación. Notas de prensa, filtraciones, campañas en medios, presión a periodistas. El objetivo es ganar la batalla de la opinión pública. Que los clientes vean a la otra parte como la mala de la película. Que los inversores duden. Que la presión social haga lo que los tribunales aún no han hecho.

El boicot y la presión sobre la cadena de valor. Convencer a proveedores de que no trabajen con el rival. Presionar a distribuidores para que no vendan sus productos. Animar a clientes a cambiar de proveedor. Cortar las líneas de suministro, de financiación, de apoyo.

La guerra de talento. Ofrecer mejores condiciones a los empleados clave del rival. Robar equipos enteros. Descapitalizar al adversario de su activo más valioso: la gente que sabe cómo funcionan las cosas.

La innovación como arma. Lanzar productos nuevos que dejen obsoleto lo que el rival ofrece. Invertir en desarrollo para abrir una brecha tecnológica que el otro no pueda cerrar. Patentar todo lo patentable para cerrar el paso.

IV. La estrategia: más allá de la negociación

Cuando dos organizaciones se enfrentan, la negociación es solo una pieza del tablero. A veces ni siquiera la más importante.

Lo que realmente cuenta es la posición relativa. ¿Quién tiene más recursos? ¿Quién puede aguantar más tiempo? ¿Quién tiene mejores alternativas? ¿Quién tiene más que perder?

Una organización con una posición dominante puede permitirse ser intransigente. Sabe que el tiempo juega a su favor, que los tribunales le son favorables, que los reguladores miran hacia otro lado. Puede esperar, puede presionar, puede desgastar.

Una organización en posición débil necesita mover ficha. Buscar alianzas, generar hechos consumados, intentar cambiar las reglas del juego. Su estrategia no puede ser la de la paciencia; tiene que ser la de la audacia.

Hay una palabra que los estrategias militares usan y que aquí viene bien: la maniobra. No se trata solo de negociar, sino de mover las piezas de manera que la posición del otro se debilite sin necesidad de un enfrentamiento directo. Una filtración aquí, una alianza allá, un movimiento regulatorio que complica la vida al rival. La negociación, cuando llega, es solo la confirmación de lo que ya se ha decidido en otros terrenos.

V. El error de la personalización

Hay un error que cometen quienes negocian para organizaciones: creer que el conflicto es con la persona que tienen enfrente.

No lo es.

La persona que tienes enfrente es un representante. Puede ser agradable o desagradable, razonable o tozuda, competente o inepta. Pero al final del día, lo que defiende no es su opinión, sino los intereses de la organización que paga su sueldo.

Si te enfadas con él, pierdes. Si le insultas, pierdes. Si le humillas, pierdes. Porque él no es el problema; el problema es la organización que representa. Y esa organización no se enfada, no se insulta, no se humilla. Sigue existiendo al día siguiente, con la misma determinación, con los mismos intereses, con la misma capacidad de hacerte daño.

El arte de negociar con organizaciones consiste en separar constantemente a la persona del problema. En ser profesional con quien tienes enfrente, por muy desagradable que sea. En entender que sus exigencias no son caprichos personales, sino instrucciones recibidas. En no tomarse nada como algo personal, porque personal no es.

VI. La alianza como arma del débil

Hay un principio estratégico que los débiles no deberían olvidar: el poder se construye. No se tiene o no se tiene; se busca, se suma, se acumula.

Una organización pequeña que se enfrenta a un gigante tiene pocas opciones si lucha sola. Pero puede buscar aliados. Otras empresas en la misma situación. Asociaciones sectoriales. Sindicatos. Reguladores sensibles a sus argumentos. Clientes que dependen de su supervivencia. Proveedores que no quieren que el gigante se convierta en monopolio.

La alianza multiplica el poder. No es suma aritmética; es geométrica. Porque cuando varios actores se unen, crean algo que no existía antes: un frente común. Y los frentes comunes asustan incluso a los gigantes.

El problema de las alianzas es que tienen coste. Exigen ceder parte del control, compartir información, aceptar compromisos. El débil que busca aliados necesita preguntarse: ¿cuánto estoy dispuesto a pagar por no ser aplastado?

VII. Una historia para ilustrarlo

Dos grandes cadenas de supermercados llevan años compitiendo en el mismo país. Una de ellas, la más grande, consigue un acuerdo de exclusividad con un importante proveedor de productos frescos. La otra se queda sin suministro de calidad para sus tiendas.

La segunda cadena no puede competir en precio con la primera, pero tiene algo que la primera no tiene: una red de tiendas en barrios populares, con clientes fieles que confían en la marca.

Decide no ir a los tribunales —sabe que el contrato es legal— sino jugar otra baza. Va a los medios. Filtra que la primera cadena está usando su posición dominante para asfixiar a la competencia, que los pequeños productores locales están siendo desplazados, que al final los consumidores pagarán más porque no habrá alternativa.

La opinión pública empieza a movilizarse. Aparecen artículos, reportajes, debates en televisión. Políticos locales se interesan por el tema. La autoridad de competencia anuncia una investigación.

La primera cadena, que hasta entonces se sentía invencible, empieza a notar la presión. Sus ventas no caen, pero su imagen se deteriora. Aparecen pintadas en algunas de sus tiendas. Clientes habituales empiezan a mirar con otros ojos.

Finalmente, llama a la segunda. Ofrece renegociar el acuerdo de exclusividad. No lo rompe, pero lo abre: la segunda cadena podrá acceder a parte del suministro, aunque no a todo.

La segunda cadena acepta. No ha ganado del todo, pero ha conseguido algo más importante: ha demostrado que el gigante no es invencible. Y esa lección quedará grabada para futuros conflictos.

VIII. Lo que viene

Hasta aquí el tercer artículo. Hemos mirado el conflicto entre organizaciones: la naturaleza sistémica del adversario, las fuentes del conflicto, las armas disponibles, la estrategia más allá de la negociación, el error de la personalización, la alianza como arma del débil.

En el próximo y último artículo de esta serie, abordaremos el conflicto en su forma más extrema: la guerra. No como metáfora, sino como realidad. No como excepción, sino como posibilidad siempre presente. Y veremos cómo lo que hemos aprendido sobre el conflicto entre individuos, entre individuo y organización, y entre organizaciones, se manifiesta cuando los ejércitos se enfrentan y las ciudades arden.

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