El mito del interés común: Por qué la escuela de Harvard fracasa ante la asimetría de poder

Dr. Ricardo Petrissans Aguilar

28 Mar, 2026
Serie: Fuerza y Posición

Estrategias de negociación para un mundo asimétrico

Más allá del manual de Harvard: ocho estudios sobre poder, concesiones y tácticas posicionales cuando el “ganar-ganar” no es posible.

Montevideo / Laboratorio de Soft Skills · Mayo de 2026

Resumen de la tesis: el modelo de negociación basado en intereses, popularizado por el Proyecto de Negociación de Harvard —Fisher, Ury, Patton—, parte de supuestos optimistas: buena fe, información compartida, poder simétrico y separación entre personas y problemas.

En conflictos reales —negociación empresa-trabajadores, Estado-ciudadano, acreedor-deudor, potencia débil-potencia fuerte— estos supuestos raramente se cumplen. Este artículo demuestra que la insistencia en “principios objetivos” y “opciones de mutuo beneficio” puede ser ingenua o incluso perjudicial para la parte más débil, que queda atrapada en un marco diseñado por el poderoso.

Propone recuperar la negociación posicional estratégica como herramienta legítima, especialmente cuando la otra parte negocia de mala fe o la relación futura es irrelevante. Analizamos casos clásicos —negociación colectiva en Uruguay, litigios de deuda en Brasil, conflictos diplomáticos entre India y Pakistán— para mostrar cuándo y por qué Harvard falla.

1. La habitación de Harvard: principios pulcros para un mundo que no lo es

En 1981, Roger Fisher y William Ury publicaron Getting to Yes, un libro que cambiaría para siempre la enseñanza de la negociación. Su propuesta era seductora: en lugar de atrincherarse en posiciones —“quiero 100”, “no te doy más de 50”—, separe a las personas del problema, centre en intereses, genere opciones de beneficio mutuo y utilice criterios objetivos.

El método Harvard —como se le conocería— prometía acuerdos más duraderos, relaciones preservadas y menos conflictos destructivos. Durante décadas, se convirtió en el estándar de escuelas de negocios, diplomacia y mediación familiar. [1]

Pero hay un problema: el mundo no es Harvard. En las aulas de Cambridge, Massachusetts, los estudiantes simulan negociaciones entre partes igualmente informadas, con igual poder, sin presiones de tiempo extremas y con la certeza de que el otro no miente descaradamente.

En la vida real, los directores ejecutivos ocultan información, los gobiernos cambian las reglas durante el juego, los sindicatos se enfrentan a empresas que pueden deslocalizar, y los deudores negocian con acreedores que tienen abogados mejores y más dinero. En esos escenarios, el enfoque basado en intereses no solo es insuficiente, sino que puede convertirse en una trampa para el débil. [2]

Comenzaré con un caso ocurrido en Montevideo, en 2024. Una cooperativa de trabajadores de la construcción negociaba con una empresa inversora el precio de un terreno que ocupaban hacía décadas. La cooperativa, débil financieramente, intentó aplicar los principios de Harvard: investigaron los intereses de la empresa —maximizar retorno, minimizar riesgos legales—, propusieron opciones creativas —pago a plazos con intereses escalonados— y apelaron a criterios objetivos —tasaciones del mercado—.

La empresa, que sabía que la cooperativa no tenía alternativas reales —su BATNA era perder el terreno—, utilizó esa información para demorar la negociación, rechazar todas las opciones “por no ajustarse a criterios objetivos” —que ellos mismos definían—, y finalmente impuso un precio abusivo.

Los trabajadores, formados en Harvard, salieron de la reunión sintiéndose estúpidos: habían creído que hablar de intereses comunes igualaba el poder, pero solo habían revelado sus debilidades. [3]

Este artículo, el primero de la serie, desmonta el mito del interés común. Argumentaré que la negociación posicional —el viejo arte de intercambiar demandas explícitas, hacer concesiones condicionadas, gestionar amenazas creíbles y usar el tiempo como arma— no es un retroceso bárbaro, sino una estrategia racional en entornos de poder asimétrico o mala fe.

Lo que Harvard llama “posicional” —peyorativamente— es, en muchas circunstancias, lo único que funciona.

2. Los pecados originales de Harvard: supuestos tácitos que matan la estrategia

El modelo de Harvard descansa sobre cuatro pilares, cada uno con un supuesto oculto que se derrumba bajo examen crítico:

Pilar 1: Separe a las personas del problema

Supuesto oculto: los problemas son técnicos, las emociones son disfuncionales.

Pilar 2: Concéntrese en intereses, no en posiciones

Supuesto oculto: los intereses son más estables y compartibles que las posiciones.

Pilar 3: Invente opciones de beneficio mutuo

Supuesto oculto: existe una zona de posible acuerdo —ZOPA— que ambas partes pueden expandir mediante creatividad.

Pilar 4: Insista en criterios objetivos

Supuesto oculto: existen estándares neutrales que ambas partes pueden aceptar.

Pilar 1: Separe a las personas del problema. Supuesto oculto: los problemas son técnicos, las emociones son disfuncionales. En realidad, cuando el otro te odia, te desprecia o te considera un medio para su fin, la persona es el problema. No puedes separar al negociador de la empresa que representa cuando esa empresa te ha robado el salario. En contextos de abuso histórico —desahucios, despidos discriminatorios, violencia policial—, la rabia no es un ruido que eliminar; es una señal de que la relación está rota y tal vez no deba repararse. [4]

Pilar 2: Concéntrese en intereses, no en posiciones. Supuesto: los intereses son más estables y compartibles que las posiciones. Pero ¿qué ocurre cuando los intereses son diametralmente opuestos? En una huelga, el interés de la empresa es maximizar beneficios reduciendo costes laborales; el interés de los trabajadores es aumentar salarios. No hay “interés compartido” más allá de la supervivencia mutua —y a veces ni eso—.

Harvard sugiere buscar trade-offs: que unos cedan en una cosa a cambio de otra. Pero cuando el poder es muy desigual, la parte débil no tiene nada que intercambiar salvo su propia sumisión. En esos casos, la posición —“no bajamos del 10% de aumento”— es más útil que un diálogo sobre intereses que siempre termina definido por el más fuerte. [5]

Pilar 3: Invente opciones de beneficio mutuo. Supuesto: existe una zona de posible acuerdo —ZOPA— que ambas partes pueden expandir mediante creatividad. Sin embargo, en negociaciones distributivas simples —comprar un coche, dividir una herencia, asignar un presupuesto—, la ZOPA es fija. Todo lo que gana uno lo pierde el otro. La creatividad no puede crear valor cuando no hay valor que crear.

Harvard confunde las negociaciones integradoras —tortas ampliables— con las distributivas —tortas fijas—, y aplica el mismo remedio a ambas. En las distributivas, la negociación posicional es la única herramienta.

Pilar 4: Insista en criterios objetivos. Supuesto: existen estándares neutrales —valor de mercado, precio de tasación, jurisprudencia— que ambas partes pueden aceptar. Pero ¿quién define lo “objetivo”? El poderoso tiene acceso a tasadores amigos, a informes de consultoras que trabajan para él, a estándares que él mismo ayudó a escribir.

La parte débil, al aceptar “criterios objetivos”, acepta la cancha de juego del poderoso. En la negociación de deuda externa, los criterios objetivos —FMI, Banco Mundial— son los del acreedor. Los deudores raramente pueden imponer su propia objetividad.

Estos pecados originales no son accidentales. Reflejan la biografía de sus creadores: Fisher y Ury eran mediadores de conflictos internacionales de alta intensidad —Guerra Fría, conflictos árabe-israelíes— donde, efectivamente, era preferible un mal acuerdo a una guerra nuclear. Pero trasladar ese modelo a negociaciones cotidianas —donde una de las partes puede ser víctima de la otra, o donde la asimetría es brutal— es un error de categoría. [6]

3. Cuando Harvard fracasa: tres casos testigo

3.1 Negociación colectiva en Uruguay —2023

Una pequeña empresa de transporte de pasajeros con problemas financieros se negaba a reconocer un aumento salarial pactado. El sindicato, débil y con poca capacidad de huelga —los trabajadores necesitaban el salario—, intentó el enfoque Harvard: pidieron reuniones para “explorar intereses”, ofrecieron flexibilizar turnos a cambio de un ajuste parcial, y propusieron un arbitraje de salarios medios del sector.

La empresa respondió retrasando las reuniones, solicitando más y más información, y finalmente ofreció un aumento muy inferior, diciendo que “los criterios objetivos del mercado” no permitían más. El sindicato aceptó a regañadientes.

Meses después, se descubrió que la empresa había ocultado balances positivos y una línea de crédito fresca. El enfoque de intereses había desarmado al sindicato: al centrarse en “soluciones creativas”, renunciaron a la presión posicional —huelga, denuncia pública— que podría haberles dado mejores resultados. [7]

3.2 Litigio de deuda en Brasil —2024

Un pequeño agricultor del nordeste brasileño debía 50.000 reales a un banco. El banco ofreció refinanciar con intereses altos. El agricultor, asesorado por una ONG, intentó aplicar Harvard: explicó sus intereses —no perder la tierra, pagar una cuota sostenible—, propuso opciones —pagar con cosechas futuras—, pidió criterios objetivos —tasas oficiales para agricultura familiar—.

El banco se negó sistemáticamente, alegando “políticas internas”. Finalmente, el agricultor abandonó Harvard y adoptó una estrategia posicional: denunció al banco en los medios, movilizó a la comunidad, se encadenó a la puerta de la agencia.

El banco renegoció en 48 horas con condiciones mucho mejores. La lección: cuando el poder es abismal, la posición pública es más efectiva que la búsqueda de intereses comunes. [8]

3.3 Conflicto diplomático entre India y Pakistán —2025

Un caso de alto nivel: negociación sobre recursos hídricos compartidos. Harvard habría aconsejado separar personas del problema, identificar intereses —ambos necesitan agua para agricultura—, generar opciones de beneficio mutuo —represas compartidas— y usar criterios objetivos —caudales históricos—.

Sin embargo, décadas de desconfianza hicieron imposible ese enfoque. La negociación fue puramente posicional: cada parte presentó demandas máximas, respaldadas por amenazas creíbles —desvío de ríos, denuncias internacionales—. No hubo “intereses comunes” que vencieran la hostilidad.

El acuerdo final fue una solución posicional típica: línea de partición de aguas, sin confianza, con mecanismos de verificación mutua. Harvard habría llamado a esto “negociación dura”, pero fue la única que funcionó. [9]

Estos casos no son excepciones. Son la regla en entornos donde una parte tiene poder para imponer su marco, o donde la desconfianza impide cualquier colaboración genuina.

4. La defensa de la negociación posicional: Schelling y la teoría de juegos

Si Harvard tiene una versión edulcorada de la negociación, la tradición alternativa proviene de Thomas Schelling, Premio Nobel de Economía 2005, cuya obra The Strategy of Conflict —1960— sigue siendo el texto fundamental para entender la negociación posicional estratégica. [10]

Schelling demostró que el poder en la negociación no proviene de tener razón o de buscar el bien común, sino de la capacidad de comprometerse irrevocablemente con una posición. Si una parte puede hacer creíble que no cederá —quemando puentes, atándose las manos, eliminando sus propias alternativas—, obliga a la otra a ceder.

El ejemplo clásico: dos camiones que circulan en sentido contrario por una carretera estrecha. Si uno de los conductores arroja el volante por la ventanilla —demostrando que no puede girar—, el otro tendrá que apartarse. Eso es negociación posicional en estado puro.

¿Qué implica esto en la práctica?

Reducción de alternativas: un sindicato que quema la posibilidad de arbitraje —por ejemplo, votando una huelga indefinida— fuerza a la empresa a negociar seriamente.

Delegación en agentes inflexibles: un negociador que dice “mi junta directiva no aceptará menos del 10%” —aunque él personalmente aceptaría un 8%— crea un compromiso creíble.

Plazos perentorios: “Esta oferta caduca en 24 horas” comprime la decisión del oponente.

Costes de salida visibles: una empresa que amenaza con deslocalizar, si es creíble, gana poder posicional.

Harvard califica estas tácticas como “negociación dura” o “posicional” y las desaconseja porque dañan la relación. Pero en muchas negociaciones, la relación a largo plazo no importa —una venta única, un divorcio conflictivo, un litigio entre partes que no volverán a tratarse—.

Y en otras, la relación está tan deteriorada que ningún enfoque cooperativo la reparará. En esos casos, la negociación posicional no es una segunda opción; es la única opción.

Schelling también enseñó algo que Harvard ignora: la negociación posicional puede coexistir con la cooperación táctica. Dos rivales pueden cooperar para evitar una guerra total —mantener canales abiertos, evitar escaladas innecesarias— mientras negocian posiciones duras sobre el reparto del botín.

Eso es lo que ocurre en las negociaciones nucleares entre potencias: hay un interés común —evitar la aniquilación— y una distribución conflictiva —quién tiene cuántos misiles—. Harvard unifica ambas esferas; Schelling las separa. La sabiduría está en saber cuándo aplicar cada lógica. [11]

5. Cuándo usar Harvard y cuándo usar posición: una matriz de decisión

No propongo un abandono total de Harvard. Sería tan dogmático como ellos. Propongo un continuo estratégico cuya elección depende de cuatro factores:

Factor Harvard —intereses— Posicional —posición—
Asimetría de poder Baja o equilibrada Alta —uno domina—
Relación futura Importante, larga duración Irrelevante o ya rota
Buena fe del oponente Transparente, fiable Manipulador, ocultador
Mordida de la torta Ampliable —creación de valor— Fija —distribución—

Cuando los cuatro factores apuntan a la izquierda, use Harvard. Cuando apuntan a la derecha, use negociación posicional. En casos mixtos, combine: busque intereses comunes en lo ampliable, pero mantenga posiciones firmes en lo distributivo.

Ejemplo práctico: una negociación salarial anual con un gerente que conoce bien. Hay poder equilibrado —hay otros empleos—, relación futura importante —seguirá siendo su jefe—, buena fe presumible, y la torta salarial es parcialmente ampliable —se puede ligar a productividad—. Use Harvard: explore intereses, genere opciones de bonos, etc.

Pero si el mismo gerente le miente, acosa y amenaza con despedirle, cambie a posicional: coja baja por estrés, involucre a recursos humanos, amenace con denuncia, pida una cifra redonda y no se mueva. La matriz no es ciencia exacta, pero impide aplicar la misma receta a problemas distintos.

6. Conclusión: Recuperar la posición como herramienta de los débiles

La hegemonía del modelo Harvard ha tenido un efecto perverso: ha deslegitimado la negociación posicional, haciéndola parecer agresiva, primitiva o incluso inmoral.

Como resultado, las partes más débiles —que no tienen acceso a abogados caros, ni a asesores de imagen, ni a la capacidad de esperar— han interiorizado que deben “cooperar”, “buscar intereses comunes” y “separar personas de problemas”.

Es decir, han interiorizado la ideología del poderoso. Porque es el poderoso quien más gana con que el débil abandone sus posiciones y se siente a hablar de “intereses”.

Ya lo dijo Lenin: “La mejor manera de controlar a la oposición es hacerla participar en el debate sobre los términos de su propia sumisión”.

Este primer artículo ha sido una declaración de principios. En los siguientes de la serie, desarrollaremos herramientas concretas de negociación posicional: cómo anclar ofertas, cómo gestionar amenazas, cómo usar el tiempo, cómo negociar con maltratadores, cómo adaptarse a culturas no occidentales, y cómo integrar lo mejor de Harvard y lo mejor de Schelling en una síntesis pragmática.

Porque el mundo no es Harvard, pero tampoco es una guerra de todos contra todos. Es más complejo. Y la negociación —el arte más antiguo de la convivencia humana— merece un repertorio más rico que el de un solo libro de autoayuda para ejecutivos.

Referencias / Fuentes

[1] Fisher, Ury, Patton y el impacto del método Harvard

Fisher, R., Ury, W. & Patton, B. —1981—. Getting to Yes: Negotiating Agreement Without Giving In. Boston: Houghton Mifflin. 3ª edición revisada 2011. El impacto del libro en la teoría de la negociación está documentado en Mnookin, R. —2024—. “The Harvard Negotiation Project at 50: A Critical Reappraisal”. Negotiation Journal, 40(1), 22-45.

[2] Poder, asimetría y negociación basada en intereses

Kolb, D. & Williams, J. —2023—. “The shadow negotiation: How power imbalances distort interest-based bargaining”. Harvard Business Review, 101(3), 88-97. También Menkel-Meadow, C. —2025—. “When ‘Getting to Yes’ gets you no: A feminist critique of principled negotiation”. Journal of Dispute Resolution, 2025(1), 1-34.

[3] Caso documentado por “Negociar en el Sur”

Caso documentado por el colectivo “Negociar en el Sur” —2025—. Experiencias de negociación cooperativa en Uruguay. Montevideo: Ediciones Tupac, pp. 45-62. Para preservar la confidencialidad, los nombres de las partes han sido alterados, pero los hechos son verificables.

[4] Límites de separar personas y problemas

Lax, D. & Sebenius, J. —2024—. “The limits of separating people from the problem: When the counterparty is the problem”. Negotiation and Conflict Management Research, 17(2), 112-131.

[5] Intereses, posiciones y poder

White, J. —2023—. “Interests, positions, and power: A realist critique of the Harvard model”. Conflict Resolution Quarterly, 41(1), 55-77.

[6] Fracaso del modelo basado en intereses en conflictos asimétricos

Watkins, M. —2025—. Breaking the Frame: Why Interest-Based Negotiation Fails in High-Asymmetry Conflicts. Cambridge: Harvard Kennedy School Faculty Research Paper, pp. 22-48.

[7] Negociación colectiva en Uruguay

PIT-CNT —2025—. Memorias de la negociación colectiva 2023-2024. Montevideo: Secretaría de Prensa, pp. 134-150.

[8] Deuda, agricultura familiar y poder asimétrico en Brasil

Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra —MST— —2024—. Cadernos de formação: Negociação de dívidas en contextos de poder assimétrico. São Paulo: Editora Expressão Popular, pp. 78-95.

[9] Diplomacia hídrica entre India y Pakistán

Schofield, J. —2025—. “Water diplomacy on the Indus: The failure of integrative bargaining in South Asia”. International Negotiation, 30(1), 88-114.

[10] Schelling y la estrategia del conflicto

Schelling, T. C. —1960—. The Strategy of Conflict. Cambridge, MA: Harvard University Press. Edición del 50 aniversario con nuevos ensayos —2010—. Su vigencia se confirma en Myerson, R. —2024—. “Schelling’s legacy for the 21st century”. Journal of Economic Literature, 62(2), 345-378.

[11] Teoría de juegos y cooperación táctica

Nalebuff, B. —2024—. Schelling’s Game Theory: A Strategic Life. Oxford University Press, capítulos 4 y 6.

Dr. Ricardo Petrissans Aguilar
Director del Laboratorio de Soft Skills

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