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La guerra – El conflicto en su forma extrema

Dr. Ricardo Petrissans Aguilar

21 Mar, 2026


SERIE REDESCUBRIENDO LAS BASES DEL CONFLICTO. DESDE CASA A LA GUERRA

Un hombre, sentado en un búnker, mira un mapa. En ese mapa hay líneas que representan ejércitos, flechas que representan movimientos, círculos que representan ciudades. El hombre lleva uniforme, tiene grados en la manga, y una responsabilidad que aplastaría a cualquiera: decidir quién vive y quién muere.

En otro lugar, otro hombre mira otro mapa. Sus líneas son distintas, sus flechas apuntan en dirección contraria, sus círculos son las mismas ciudades. Él también lleva uniforme, él también tiene grados, él también decide.

Entre ellos, cientos de miles de personas que no deciden nada. Que solo obedecen. Que solo mueren.

La guerra es el conflicto en su forma más extrema. No porque sea cualitativamente distinto a los demás —en el fondo, las dinámicas son las mismas— sino porque lo que está en juego es la vida. La propia y la ajena. Y cuando la vida está en juego, todo se vuelve más nítido, más brutal, más verdadero.

I. La naturaleza de la guerra: la continuación de la política por otros medios

La frase es de Clausewitz, y sigue siendo la mejor definición que tenemos. La guerra no es una interrupción de la política, ni un fracaso de la política, ni una alternativa a la política. Es la política continuada por otros medios.

¿Qué significa esto?

Significa que la guerra tiene un propósito. No es violencia sin sentido, no es locura colectiva, no es la irrupción de lo irracional. Es, por cruel que parezca, un instrumento. Un medio para conseguir fines que no han podido conseguirse por la vía diplomática, económica, o de presión política.

Cuando un país declara la guerra a otro, no lo hace porque le guste matar. Lo hace porque cree que matando —o amenazando con matar— conseguirá algo que no ha podido conseguir de otra manera. Territorio, recursos, sumisión, seguridad, prestigio.

Esto no justifica la guerra. Solo la explica. Y entenderla es el primer paso para no caer en las trampas de quienes la presentan como un fin en sí misma, como una cruzada del bien contra el mal, como algo que escapa a toda lógica.

La guerra tiene su propia lógica. Es una lógica terrible, pero es una lógica. Ignorarla es condenarse a no entender lo que pasa cuando los ejércitos se mueven.

II. Las fuentes de la guerra

Las guerras no surgen de la nada. Tienen causas, y esas causas no son muy distintas de las que vimos en los conflictos entre individuos y entre organizaciones. Solo que a mayor escala.

Recursos. Tierra, agua, petróleo, minerales, rutas comerciales. Lo que en el conflicto interpersonal es un ascenso o una herencia, aquí son regiones enteras, yacimientos, estrechos estratégicos. La humanidad no ha superado la etapa en la que se mata por las cosas materiales; solo ha aprendido a matar en mayor escala.

Poder. Quién domina una región, quién establece las reglas, quién tiene la última palabra. Las guerras son también, y quizá, sobre todo, luchas por el poder. Un país quiere ser el hegemón; otro se resiste. Un imperio quiere mantener sus colonias; estas quieren independizarse. Un Estado quiere imponer su voluntad; su vecino no se deja.

Identidad. Nación, religión, etnia, ideología. Lo que nos define como grupo. Cuando esa identidad se siente amenazada —por la presencia de otro grupo, por la asimilación forzada, por la negación de su existencia— la guerra aparece como defensa. O como ataque preventivo.

Seguridad. La más paradójica de todas. Un país se siente inseguro porque otro tiene un ejército poderoso. Decide aumentar el suyo para protegerse. El otro, al verlo, se siente inseguro y aumenta el suyo. La espiral continúa hasta que alguien, por miedo a ser atacado, ataca primero.

Venganza y honor. Nunca hay que subestimar el peso de lo irracional. Guerras que empezaron por una afrenta, por una humillación, por una promesa incumplida. Los líderes son personas, y las personas a veces deciden con el hígado, no con la cabeza. Y cuando el hígado de un líder moviliza a un ejército, los muertos se cuentan por miles.

III. La lógica de la guerra: coste y beneficio

Por mucho que nos duela admitirlo, la guerra responde a una lógica de coste y beneficio. Quien la inicia calcula —bien o mal— que lo que ganará será mayor que lo que perderá. Quien la recibe calcula si le sale más caro resistir o rendirse.

Estos cálculos no son fríos. Están llenos de errores, de pasiones, de información incompleta. Pero existen. Y entenderlos es clave para entender por qué las guerras empiezan, por qué se prolongan y por qué terminan.

Un país ataca a otro porque cree que puede ganar. Porque cree que su ejército es superior, que su causa es justa, que el otro se rendirá pronto, que la comunidad internacional no intervendrá, que los costes serán asumibles.

Casi siempre se equivoca en algo. Casi siempre hay una variable que no calculó bien: la resistencia del otro, la duración del conflicto, el coste económico, la reacción de terceros, el desgaste interno.

La guerra es el reino de la incertidumbre. Por eso quienes mejor la entienden son los que saben que ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo. Los que se preparan para lo imprevisto. Los que tienen un plan B, y un plan C, y la humildad de saber que quizá tengan que improvisar un plan D sobre la marcha.

IV. La negociación en la guerra: el diálogo de los cañones

Puede parecer contradictorio hablar de negociación cuando lo que suena son los cañones. No lo es.

La guerra y la negociación no son opuestas. Son las dos caras de la misma moneda. Se negocia mientras se lucha, se lucha mientras se negocia, y al final se negocia para dejar de luchar.

Lo que cambia es el lenguaje. En tiempos de paz, los argumentos se expresan con palabras. En tiempos de guerra, se expresan con muertos. Cada baja es un argumento. Cada ciudad destruida es una posición. Cada avance o retroceso es una propuesta de acuerdo escrita con sangre.

La negociación en la guerra tiene una cualidad especial: lo que se discute no es solo el futuro, sino el presente. No se negocia sobre lo que podría pasar, sino sobre lo que ya está pasando. Y cada día que pasa sin acuerdo, el coste se acumula.

Por eso las guerras suelen terminar cuando ambas partes llegan a la conclusión de que el coste de seguir es mayor que el coste de ceder. Cuando el beneficio esperado de continuar es menor que el precio que se está pagando.

Ese momento no llega al mismo tiempo para todos. El que va ganando tarda más en alcanzarlo. El que va perdiendo, antes. Por eso las guerras no terminan cuando una parte está totalmente derrotada, sino cuando la parte derrotada acepta que lo está y la vencedora acepta que la otra lo acepte.

V. El error de la demonización

Hay un error que se comete una y otra vez, en todas las guerras: demonizar al enemigo.

Es comprensible. Es más fácil matar a un monstruo que a un ser humano. Es más fácil justificar la destrucción si el otro es la encarnación del mal. Es más fácil mantener la moral de las tropas si se les dice que luchan contra demonios y no contra personas como ellos.

Pero la demonización tiene un precio. Impide entender al enemigo. Impide anticipar sus movimientos. Impide negociar cuando llega el momento. Impide ver que, al otro lado, también hay personas con miedo, con dudas, con familias que perder.

Los grandes estrategas lo saben. Sun Tzu lo escribió hace dos mil quinientos años: “Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo; en cien batallas, nunca saldrás derrotado”. Conocer al enemigo no es odiarlo. Es entenderlo. Es saber qué quiere, qué teme, hasta dónde está dispuesto a llegar.

Quien demoniza, deja de conocer. Y quien deja de conocer, empieza a perder.

VI. La guerra como revelación

La guerra tiene algo de revelador. En la vida cotidiana, podemos ocultar quiénes somos. Podemos aparentar lo que no somos. Podemos mentir, fingir, escondernos.

En la guerra, no.

La guerra nos muestra tal como somos. Nuestro miedo, nuestro valor, nuestra cobardía, nuestra generosidad, nuestra crueldad. Todo sale a la superficie cuando la vida pende de un hilo.

Las organizaciones también se revelan en la guerra. Las empresas que hablaban de valores y, al primer aprieto, despiden a sus empleados. Los gobiernos que predicaban la paz y, al primer conflicto, envían a jóvenes a morir. Las alianzas que parecían sólidas y, al primer desafío, se desmoronan.

La guerra no crea nada. Solo revela lo que ya estaba allí, oculto bajo la capa de la civilización.

VII. Una historia para ilustrarlo

Dos países vecinos llevan décadas de tensión. Uno es más grande, más rico, más poderoso. El otro es más pequeño, más pobre, pero orgulloso. El conflicto viene de lejos: territorios disputados, minorías maltratadas, promesas incumplidas.

Un día, el grande decide que ya basta. Su ejército cruza la frontera. Sus generales dicen que será cuestión de semanas. Que el pequeño se rendirá en cuanto vea la superioridad del invasor.

No se rinde.

El pequeño resiste. Sus soldados luchan con una ferocidad que los generales del grande no habían previsto. La guerra se alarga. Los meses se convierten en años. El coste económico empieza a notarse en el grande; la fatiga de guerra, también. Aparecen protestas, divisiones internas, dudas.

El grande intenta negociar. Ofrece condiciones generosas. El pequeño, que ahora sabe que puede resistir, pide más. El grande se indigna: ¿cómo se atreve el débil a exigir? Pero negocia. Porque no tiene otra opción.

Al final, el acuerdo llega. El grande cede en algunas cosas, el pequeño en otras. Nadie gana del todo. Pero la guerra termina.

Y entonces, alguien pregunta: ¿quién ganó realmente? El grande, que no consiguió sus objetivos. El pequeño, que perdió una generación de jóvenes. La respuesta es que nadie ganó. La guerra no se gana; se sobrevive, o no.

VIII. Lo que hemos aprendido

Cuatro artículos. Desde el conflicto entre individuos hasta la guerra entre naciones. Hemos recorrido un camino que va de lo pequeño a lo grande, de lo cotidiano a lo excepcional.

Y en ese camino, hemos visto que las dinámicas son las mismas. Los recursos escasos, el poder, la identidad, el miedo. Las posiciones que se atrincheran, los intereses que se ocultan, las alternativas que se calculan. La asimetría, la alianza, la estrategia.

Lo que cambia es la escala. Lo que cambia es lo que está en juego. Lo que cambia es el coste de equivocarse.

El individuo que se enfrenta a otro arriesga una relación, un trabajo, una herencia. El individuo que se enfrenta a una organización arriesga su forma de vida. La organización que se enfrenta a otra arriesga su posición en el mercado. El país que se enfrenta a otro arriesga vidas, territorios, su propia existencia.

Pero en todos los casos, las preguntas son las mismas: ¿qué quiero? ¿qué quiere el otro? ¿qué pasa si no hay acuerdo? ¿qué pasa si lo hay?

Y en todos los casos, la respuesta es la misma: depende. Del poder, de la posición, de la estrategia. De la capacidad de cada uno para jugar sus cartas mejor que el otro.

IX. Un final abierto

Aquí termina la serie. Pero el conflicto no termina. Sigue en cada relación, en cada negociación, en cada guerra que se anuncia en los telediarios mientras tomamos café.

Nosotros hemos puesto palabras a lo que ocurre. Hemos intentado entender, analizar, explicar. Hemos evitado las recetas fáciles, los abrazos imposibles, las soluciones mágicas. Hemos mirado el conflicto como lo que es: una parte ineludible de la existencia humana, que no se resuelve, que se gestiona. O no.

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